El señor Merlot de Chardonnay, bautizado como Malbec en una pequeña ermita románica del Pirineo hace ya más de treinta años, nació en un pueblo sin mar, lo que inevitablemente marcó su existencia. Seguramente por eso, embaucado por las acuarelas marinas de su tío abuelo Cencibel, dedicó la mayor parte de su juventud a construir almadías, hasta que una noche logró finalizar una lo suficientemente sólida como para trasladarle hasta la costa. Malbec no acertó a detener la balsa a la altura de Zaragoza. Ni siquiera a la de Barcelona. Por fortuna, el mar fue clemente y lo depositó en Formentera, donde sobrevive como farero.